domingo, 6 de noviembre de 2011

Españoles en Bangalore

Este viernes fue uno de esos días con cebra rosa. Para los que no hayáis leído mi otro post, lo de la “cebra rosa” es una metáfora mía para ilustrar aquello de que no hay mal que por bien no venga.

Este fin de semana, el centro IFLaC (Institute of Foreign Languages and Culture) en el que trabajan mis amigas “las Anas” y con el que me veo asociada a través de mi colegio, recibía la visita de la coordinadora del Instituto Cervantes en Delhi. Para agasajar a su invitada de honor, el centro había organizado una gran cena, a la que una servidora había sido invitada con casi un mes de antelación. 

Teníamos cita en el restaurante a las ocho y para las seis de la tarde, a mí ya me estaban flaqueando las ganas: más que nada, porque me dolía la garganta y estaba cayendo un chaparrón de mil demonios. Intenté conseguir un taxi, pero no había ninguno disponible. Así que solo me quedaban dos opciones: pillarme un rickshaw y llegar al restaurante hecha una sopa o quedarme en casita. Confieso que la segunda se me hacía bastante atractiva, aunque por otro lado me apetecía ver a mis Anas y que me contaran sus vacaciones en Goa. Como sobre las seis y media ya empezaba a menguar la lluvia, me armé de valor y me lancé a la calle en busca de un rickshaw que no me clavase el doble del precio normal por llevarme hasta el centro. No fue tarea fácil: entre que ya había caído la noche, que era fin de semana, que estaba lloviendo, que no sabía exactamente adónde me tenía que dejar el rickshaw, que ya se me hacía tarde y que soy blanca, mi poder de negociación era bastante nulo. Al final, conseguí pillar un auto por un sobrecargo del 60%. Un robo, pero no me quedaba otra.

Cuando ya casi estaba llegando a mi destino, suena mi móvil. Es Umita, la jefa del IFLaC. Me dice con tono de sentirlo muchísimo, que se veía en la obligación de cancelar la cena porque en el último minuto la invitada de honor había llamado para decir que estaba con “diarrea” y que prefería no moverse del hotel. No sé a vosotros, pero a mí eso del repentino ataque de diarrea de la coordinadora me olió bastante mal. Fuese verdad o excusa barata, el caso es que me tuve que comer yo su marrón (pido disculpas por el humor escatológico, que hasta a mí me ha entrado asco al escribir).

Como no me apetecía dar media vuelta y terminar la noche con el mal sabor de boca que me iba a dejar el haberme gastado 400 rupias para que un rickshaw nos paseara a mí y a mi constipado por la ciudad y sus atascos en una noche de lluvia, enseguida llamé a Anaí. Ella también se acababa de enterar del plantón que nos habían metido su jefa y la del Cervantes, y estaba casi tan flipada como yo. Menos mal que mis niñas no me dejaron tirada y enseguida hicimos plan para cenar las tres juntas en “The only place”, uno de mis restaurantes favoritos del centro. Como yo ya estaba llegando, les dije que ya pillaba yo la mesa y que se diesen prisa.
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El restaurante estaba medio vacío, así que en lugar de reservar mesa decidí matar el tiempo curioseando por un mercadillo de artesanías que habían montado en la entrada. La chica que llevaba el garito estaba leyendo un libro y tenía aspecto de europea. Me pregunté de dónde era, pero no me atreví a interrumpir su ensimismamiento, hasta que vi en una esquina unos folletos de la Fundación Vicente Ferrer y ahí sí que no pude reprimir mis ganas de entablar conversación: “Hola, ¿trabajas para la fundación?”. La chica se llamaba Marta y, aunque era suiza, hablaba un castellano perfecto. Llevaba tres semanas en la India, ayudando como voluntaria. Al momento se nos unió su compañera Cristina, una mallorquina que lleva ya cosa de nueve meses trabajando en la Fundación. Cristina es economista y está llevando un proyecto para abrir mercado dentro de la India a los productos de su taller de mujeres, que por cierto son unas auténticas obras de arte (ya sé dónde voy a comprar todos mis regalitos este año).

Apenas habíamos empezado nuestro parloteo, que llega un chico con clarísimas pintillas de español: “Hola, ¿sois españolas?”. Se nos presentan Nacho y su novia Mónica, ambos madrileños, que decidieron venir juntos a Bangalore cuando ella consiguió aquí una plaza como becaria. Mientras ella hace sus prácticas, él se dedica a hacer voluntariado con leprosos (que por lo visto abundan en los suburbios de la ciudad). Al ratito llegan Ignaci (el jefe de Nacho), Olaia (su vecina) y María (su compañera de piso), casi que al mismo tiempo que mis amigas. El revuelo de saludos, besos e intercambio de números de móvil, terminó convirtiéndose en una mesa para ocho. Entre risas y copas de vino, se me pasaron las horas sin darme ni cuenta y hasta se me olvidaron todos mis dolores (claro que el cuerpo luego me ha pasado factura y me he tirado el finde entre mantas y paracetamol).

La verdad, casi tengo ganas de darle las gracias a Ana (que así se llama también la coordinadora) por sus flaquezas gastrointestinales, porque de no ser por ellas me habría perdido una de las mejores cenas que he tenido en mucho tiempo. Me asombra la cantidad de españoles que viven en Bangalore: y a ellos les asombra el que yo haya podido vivir aquí durante tanto tiempo sin toparme con ellos. Porque por lo visto, los del viernes son solo un botón de muestra y me quedan a otros muchos por conocer.

Lo cierto es que estuve a punto de conocer a Olaia hará cosa de un mes. Cuando Nacho nos presentó, a ella se le encendió una lucecita y me preguntó: “¿Isabel? ¿Tú eres la famosa Isabel?”. Obviamente, no. Pero ella siguió: “¿No serás tú la Isabel que conoce a…?”. No, seguro que no. Yo soy la Isabel que no conoce a absolutamente nadie. Olaia estaba convencida: “¿La Isabel de Ranga Shankara?”. Ah, pues va a ser que sí... Resulta que Olaia y su amigo Ricardo (¡otro español en Bangalore!) fueron a ver juntos una obra de teatro, pero llegaron tarde y no les dejaron entrar. Así que se tomaron un refresco en la cafetería del teatro y Anju, la dueña de la cafetería y amiga de Amjad, les dijo que conocía a una española llamada Isabel que daba clases de español. El mes pasado, Olaia y un par de amigas fueron al teatro y esta vez no llegaron tarde. Vieron que una extranjera se sentaba sola en la misma fila donde estaban ellas y Olaia se preguntó si se trataría de la “famosa Isabel”. Quiso hablar conmigo al terminar la obra, pero ya no me encontró (yo estaba en los camerinos acompañando a Amjad y felicitando al grupo de actores). ¡Por qué pelos me pasó de largo la ocasión de conocer a mis compatriotas!

Todo esto me resulta extraordinario, sorprendente, desconcertante y hasta un poco, no sé cómo ponerlo, perturbador. Durante estos dos años en los que prácticamente no he conocido a nadie que hablase mi idioma, a menudo me he sentido más aislada que un Robinsón. Y ahora resulta que mientras yo me pasaba los días escrutando el horizonte y partiendo cocos a lo Tom Hanks, al otro lado de mi islote perdido ¡había un resort de cinco estrellas sirviendo cervezas, cubatas y margaritas a una colonia de españoles! Y no se me había ocurrido explorar esa parte de la isla. Hay que ser pardilla, de verdad.

Ahí no acaba la historia. Ahora que empiezo a conocer gente, me llega este anuncio a través del Facebook: “¿Quieres conocer a otros españoles en Bangalore? ¡Apúntate a InterNations!”. Qué fuerte: y digo yo, ¿no me podría haber llegado antes la invitación?

Pero bueno, más vale tarde que nunca. Está visto que mi burbuja estaba destinada a reventar este año. Será por algo, digo yo.

1 comentario:

Cactus dijo...

Puntualizo: no sabíamos nada de la cancelación de la cena, nos informaste tú :P

Y... tampoco sabíamos nada de la cena en sí hasta ese mismo día!! Un mes antes, tú?? Cuánta suerte, jamía!!

(PD: ColaCao mejor que cerveza, que la segunda, aunque difícil también, está más al alcance :P )