sábado, 31 de diciembre de 2011

Promesas, promesas...

En mi último post prometí que NO volvería a escribir hasta el 2012, pensando que por lo menos esta vez me iba a resultar muy fácil marcarme un punto. Pues va a resultar que ni por esas: aquí me tenéis, de nuevo, rompiendo promesas. Aunque para promesas incumplidas, las mías son de chiste. Otras hacen más daño: os cuento.

Todo nos iba la mar de bien. Mi madre llegó bien, con retraso, pero bien. Pasamos unos días maravillosos en Bangalore, trabajando en equipo para ultimar los preparativos del gran día anual de mi colegio, descubriendo la ciudad, yéndonos de compras... El 19 cogimos el tren para Trivandrum, que salió puntual y solo llegó con una hora de retraso. Nuestra estancia en Kovalam estuvo bien y en Varkala, todavía mejor. Y no es que todo fuese perfecto, ni mucho menos, pero todo nos hacía gracia. La falta de profesionalidad, rutinaria en todas las facetas de la vida en este país, te lleva a situaciones improvisadas que a nosotras nos resultaban simpáticas, cuando no hilarantes. 

Ayer nos despedimos de Varkala y de los amigos que allí hicimos, con mucho pesar, porque la semanita de piscina y playa se nos había pasado volando y nos hubiese encantado prolongar nuestra estancia aunque solo fuese por una noche más. Pero esa opción no exsistía, porque queriendo evitar malas experiencias, yo tenía hechas todas las reservas del viaje: así que nos vinimos a Alleppey (Alappuzha), a pasar dos noches en una pensión antes de embarcarnos en un kettuvalam, que es como se llaman originalmente las embarcaciones tradicionales de Kerala (en inglés, houseboat o casa-barco).

Este crucero era mi regalo de navidad para mi madre y para Amjad. Recorrer los remansos (backwaters) de la costa Malabar, al ritmo tranquilo del kettuvalam, es la atracción principal de Kerala y me atrevo a decir que la única de Alleppey (que aunque lleva el apodo de la "pequeña Venecia" del sur de la India, no tiene ni remotamente la milésima parte de encanto que la Venecia original). Decidí no mirar gasto y que, puesto que este iba a ser el punto álgido de nuestro tour, teníamos que hacerlo por todo lo alto: en la mejor embarcación, con intimidad y con todo el día y toda la noche por delante. Como lo bueno tiene mucha demanda y más para estas fechas, contraté el barco a principios de octubre. Yo quería reservar la noche del 31 de diciembre, pero ya se me habían adelantado otros: me propusieron la del 1 de enero, que me pareció una fecha igualmente propicia. Dicen que así como pasas el uno de enero, así te va a ir el resto del año, por lo que pensé: ¿qué mejor que pasarlo en la compañía que más quiero, rodeada de exquisitez y en un auténtico remanso de paz?
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No me lo pensé dos veces. Reservé de inmediato y fui al banco a ingresar la totalidad del precio, que era de 11400 rupias (y digo era, porque ahora sería más), puesto que el pago íntegro por adelantado era condición sine quanum para poder consolidar la reserva. Pagar un depósito del 50 por ciento me hubiese resultado más razonable, pero como manda la ley de la oferta y la demanda, que para esto es feroz, decidí pagar sin rechistar. Eso sí, antes de hacer el ingreso, hablé con el dueño del barco (que lo es también de la pensión) para aclarar todas mis dudas: le pregunté si el barco quedaría reservado para nosotros tres solos (a lo que me contestó que por supuesto) y le pedí que me mandase fotos del mismo. Me envió el enlace de su blog, donde tenía subido un vídeo. Entre el vídeo que prometía mucho y las buenas referencias de las que gozaba su negocio (recomendado por el Lonelyplanet y el Rough Guide, entre otras guías de prestigio), me confié de inmediato. Craso error.

Durante las dos horas de viaje, iba consolándome por dejar atrás Varkala pensando que el irnos era un mal menor para algo mucho mejor. Nada más salir el tren, llamé a la pensión (vamos a ponerle ya nombre al tipo que no tiene nombre) del señor Johnson Gilbert, para avisarle de que ya estábamos de camino y preguntarle si vendría a recogernos a la estación. Al llegar a Alleppey, lo volví a llamar y a los cinco minutos nos venía a buscar un rickshaw. La pensión (Johnson´s Guesthouse) estaba bastante cerca, por lo que llegamos en un periquete. Durante el trayecto iba imaginándomela, con sus amplias habitaciones, con sus gigantescos balcones (que según la Lonely del 2007, el dueño tenía intención de mejorar con la extravagante adición de bañeras: sobra decir que sus intenciones van para largo), con su maravilloso jardín en el que se sirven fantásticas barbacoas, con su familiar y acogedora bienvenida... Vamos que antes de llegar al sitio, ya me estaba imaginando lo mucho que nos iba a costar arrancarnos de él dentro de un par de días. JA.

Llegamos y nos recibe un señor Gilbert en gayumbos que no se acuerda muy bien de mí, ni de lo que habíamos convenido por teléfono hacía tres meses. La primera noticia es que me dice que no tenemos habitación gratis (se me olvidó mencionar que su oferta incluía una noche gratis en su pensión para aquellos clientes que hubiesen reservado el crucero de lujo). Le recuerdo que me prometió la habitación por un valor de 750 rupias, a lo que me contesta que eso es cuando el barco no es compartido, porque no puede ir dando alojamiento gratis a todos los que se sumen al crucero.

La segunda noticia es que el barco es compartido. Le recuerdo que le pregunté expresamente si el barco iba a ser para nosotros solos, a lo que me había contestado (¿recordáis?) que "por supuesto". Por supuesto, él no lo recuerda. De hecho, no recuerda absolutamente nada de nada y eso que hablamos por teléfono como cuatro veces e intercambiamos unos cuantos mensajes de móvil.

La tercera noticia es que por no recordar, no recuerda ni que le pagué al contado ni cuánto me pidió que le pagara. Le recuerdo que fueron 11400 rupias, lo que le sorprende porque no le cuadran las cuentas (y aún va y me dice, que igual me pidió esa cantidad tan rara porque en ese momento necesitaba ese dinero para algo). Va a buscar su libreta y comprueba que, efectivamente, el 7 de octubre le llegó un ingreso de 11400. Así que se disculpa, dice que ha cometido un error, que se olvidó de mi reserva, pero me acusa de no haberle mandado un email para recordárselo (¿cómo? ¿que esto al final va a ser culpa mía?). Bueno, ahora que el mal ya está hecho, concluye que lo que hay que hacer es llegar a una solución. 

Como primera solución, se le ocurre devolverme el dinero y adiós muy buenas: que me busque la vida (esta solución es la que más le conviene obviamente, porque después de hacer yo mi reserva el subió sus tarifas y ahora mismo tiene un montón de potenciales clientes haciendo cola para subirse a su barco). Le digo educadamente dónde pienso yo que debería meterse su solución, puesto que si  pagué el crucero en el mes de octubre fue precisamente para evitarme una situación en la que me pasara días dando vueltas por Alleppey con mi madre, en busca de plazas milagrosas con recargo de última hora. 

Así que como segunda solución, me dice que tenemos que cambiar nuestras fechas. Le digo que eso es imposible, porque ya tenemos hechas todas las reservas y que la noche del 2 de enero la pasamos en Munnar. Le hago notar que mi primera reserva fue precisamente la de su crucero y que todo lo demás, lo hice encajar entorno al mismo. Además, siendo que nosotros éramos los primeros en reservar el barco, me parecía más lógico que los que cambiasen de fecha fuesen los que se sumaron después. Me dice que son una madre con su hija (Rasheeda) y que llegan el mismo día uno con la sola intención de hacer el crucero y con el tiempo justo, por lo que sabe de antemano que no podrán cambiar su fecha. Le digo que les pregunte de todos modos. Me dice que no tiene su número de teléfono. Le digo que les mande un email. Me dice que ahora mismo estarán metidas en un avión (porque vienen del Reino Unido o de los Estados Unidos, que para el caso de eso tampoco se acuerda). 

La tercera solución es que me conforme y que comparta el barco con Rasheeda y su madre y amén. Además, añade que salgo ganando porque de este modo se comparte el gasto entre cinco. Le digo (siempre con buenos modales) que a mí eso me la suda, que yo pagué por hacer un crucero privado e íntimo con mi madre y mi pareja, y que él no me está proporcionando lo prometido, por lo que se me debe cuanto menos una compensación.

Amjad, al que las incompetencias indias le hacen mucha menos gracia que a mi madre y a mí (aunque en este caso, ninguna de las dos estuviésemos de humor para sacarle punta al asunto), se mete en la conversación para añadirle aún más cizaña al fuego: le acusa de ser un estafador y de que no ha habido por su parte ni error ni olvido, sino mala fe desde el principio. A esto, el tío se ofende y le contesta a grito pelao que como siga por ese camino, me devuelve el dinero y nos pone de patitas a la calle (esto último, textual). Que así se quita de encima nuestro problema y colorín, colorado, este cuento se ha acabado. O sea, que todavía nos está haciendo él un favor al tratar de ponerle solución a su error. A todo esto, mi madre flipando con el tono y escuchando nuestra acalorada charla en inglés sin subtítulos.

Bueno, resumiendo la situación: al final llegamos a la solución que él quería, la tercera. Eso sí, consigo resolver el misterio de las 11400 rupias: porque yo recordaba que esa era la cifra exacta y que correspondía perfectamente a su tarifa. Lo que pasó (y tuve que explicárselo yo a él) es que ahora cobra 9000 rupias por el barco (más el 20% de recargo por temporada alta), más 1250 rupias (más el 20%) por cada pasajero adicional. Sin embargo, en octubre, cuando yo reservé, todavía no había subido su tarifa, por lo que el precio que me calculó fue de 8500 rupias por el barco (que con el 20%  suben a 10200), más un pasajero adicional a 1000 rupias (o sea, 1200): y así, sí que salen las cuentas. Puesto que ahora teníamos que compartir con otros pasajeros, lo lógico es que no me calculara el prorrateo basado en la tarifa nueva (la que les ha cobrado a los otros) sino en la mía. Así que al final en eso quedamos, más la noche gratis que me había prometido por teléfono. 

Mañana saldremos de cuentas y veremos cómo cumple. Espero que el barco esté bien, que si es el del vídeo lo será. Como estoy escaldada, yo ya no me fío de nada. 

A todo esto, desde que me puse a escribir este post (que llevo en ello más de dos horas), no ha parado de llover. Se supone que esta es la temporada seca, pero está visto que en este país no existen garantías... ¡A tocar madera!


sábado, 10 de diciembre de 2011

¡A cien!

¿Qué digo a cien? Ahora mismo estoy carburando a doscientos por hora como poco: parece imposible, pero no lo es. Incluso a las profesoras de ELE en colegios internacionales pijos de la India, algún día nos toca poner las carnes sobre el asador. Por lo que a mí respecta, ese día llega puntualmente todos los años a mediados de diciembre. El próximo sábado (¡Dios, ya solo queda una semana!) mi colegio se vestirá de gala y punto en blanco para celebrar su "Annual Day" que, por si el nombre no os lo hubiese dejado bien claro, es el día más pomposo de todo el año. 

Prepararse para tan magno evento supone darlo todo, sabiendo que todo es poco. Este es el espíritu con el que llevo toda la semana (y parte de la pasada) acostándome a las dos de la mañana y despertándome a las seis y veinte, saltándome los horarios de las comidas e ignorando mis doloridas lumbares. En mis ratos libres, diseño, descargo, imprimo, recorto, pego, pinto, coloreo. En clase, intento poner orden y concierto dentro del caos y griterío que siempre generan las actividades creativas entre mis alumnos más jóvenes. 

A todo esto, se me juntan: la preparación de las clases (aunque a estas alturas, alguna que otra ya he tenido que improvisar con mayor o menor acierto), la corrección de exámenes y deberes (que siempre se entregan con retraso y como en Fuenteovejuna, todos a una), la casa que se me cae encima y que toca poner mona porque pronto (­¡Dios, cuatro días!) recibirá una visita muy, muy, pero que muy importante (¡mamá!) y una agenda social con la que no contaba el año pasado y de la que no me quejo, ojo. 

Hace dos semanas tuvimos paella en casa de Ignaci (en la que, por cierto, conocí a cuatro españoles más y aprendí que nuestra pequeña comunidad hispana en Bangalore debe de oscilar los cincuenta: qué bien, ¡todo un mundo de posibilidades por explorar!), la semana pasada invité a mis Anas a cenar y dormir en casa (esto habrá que repetirlo cuando ya ande más tranquila) y mañana quedamos toda la peña para cenar, aprovechando que este fin de semana ha vuelto a Bangalore el mercadillo de la Fundación Vicente Ferrer. 

Y con tanto trajín, aún voy y me pongo a escribir en el blog. Esto viene a demostrar la certeza irrefutable de mi teoría: que no hay como estar ocupado para ser productivo. Y vice-versa: cuanto menos tienes que hacer, menos haces, porque en toda la semana de vacaciones que tuve a mediados de noviembre (sí, sí, apenas dos semanas después del mes de vacaciones de Diwali), no fui capaz de subir ni un solo post. Siguen pendientes mis retrospectivos relatos sobre Sri Lanka: y ahora sí, puedo prometer y prometo que NO se escribirán hasta el año que viene (como pronto).

Foto retrospectiva: Annual Day 2010, con mi alumno Aman.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Españoles en Bangalore

Este viernes fue uno de esos días con cebra rosa. Para los que no hayáis leído mi otro post, lo de la “cebra rosa” es una metáfora mía para ilustrar aquello de que no hay mal que por bien no venga.

Este fin de semana, el centro IFLaC (Institute of Foreign Languages and Culture) en el que trabajan mis amigas “las Anas” y con el que me veo asociada a través de mi colegio, recibía la visita de la coordinadora del Instituto Cervantes en Delhi. Para agasajar a su invitada de honor, el centro había organizado una gran cena, a la que una servidora había sido invitada con casi un mes de antelación. 

Teníamos cita en el restaurante a las ocho y para las seis de la tarde, a mí ya me estaban flaqueando las ganas: más que nada, porque me dolía la garganta y estaba cayendo un chaparrón de mil demonios. Intenté conseguir un taxi, pero no había ninguno disponible. Así que solo me quedaban dos opciones: pillarme un rickshaw y llegar al restaurante hecha una sopa o quedarme en casita. Confieso que la segunda se me hacía bastante atractiva, aunque por otro lado me apetecía ver a mis Anas y que me contaran sus vacaciones en Goa. Como sobre las seis y media ya empezaba a menguar la lluvia, me armé de valor y me lancé a la calle en busca de un rickshaw que no me clavase el doble del precio normal por llevarme hasta el centro. No fue tarea fácil: entre que ya había caído la noche, que era fin de semana, que estaba lloviendo, que no sabía exactamente adónde me tenía que dejar el rickshaw, que ya se me hacía tarde y que soy blanca, mi poder de negociación era bastante nulo. Al final, conseguí pillar un auto por un sobrecargo del 60%. Un robo, pero no me quedaba otra.

Cuando ya casi estaba llegando a mi destino, suena mi móvil. Es Umita, la jefa del IFLaC. Me dice con tono de sentirlo muchísimo, que se veía en la obligación de cancelar la cena porque en el último minuto la invitada de honor había llamado para decir que estaba con “diarrea” y que prefería no moverse del hotel. No sé a vosotros, pero a mí eso del repentino ataque de diarrea de la coordinadora me olió bastante mal. Fuese verdad o excusa barata, el caso es que me tuve que comer yo su marrón (pido disculpas por el humor escatológico, que hasta a mí me ha entrado asco al escribir).

Como no me apetecía dar media vuelta y terminar la noche con el mal sabor de boca que me iba a dejar el haberme gastado 400 rupias para que un rickshaw nos paseara a mí y a mi constipado por la ciudad y sus atascos en una noche de lluvia, enseguida llamé a Anaí. Ella también se acababa de enterar del plantón que nos habían metido su jefa y la del Cervantes, y estaba casi tan flipada como yo. Menos mal que mis niñas no me dejaron tirada y enseguida hicimos plan para cenar las tres juntas en “The only place”, uno de mis restaurantes favoritos del centro. Como yo ya estaba llegando, les dije que ya pillaba yo la mesa y que se diesen prisa.
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El restaurante estaba medio vacío, así que en lugar de reservar mesa decidí matar el tiempo curioseando por un mercadillo de artesanías que habían montado en la entrada. La chica que llevaba el garito estaba leyendo un libro y tenía aspecto de europea. Me pregunté de dónde era, pero no me atreví a interrumpir su ensimismamiento, hasta que vi en una esquina unos folletos de la Fundación Vicente Ferrer y ahí sí que no pude reprimir mis ganas de entablar conversación: “Hola, ¿trabajas para la fundación?”. La chica se llamaba Marta y, aunque era suiza, hablaba un castellano perfecto. Llevaba tres semanas en la India, ayudando como voluntaria. Al momento se nos unió su compañera Cristina, una mallorquina que lleva ya cosa de nueve meses trabajando en la Fundación. Cristina es economista y está llevando un proyecto para abrir mercado dentro de la India a los productos de su taller de mujeres, que por cierto son unas auténticas obras de arte (ya sé dónde voy a comprar todos mis regalitos este año).

Apenas habíamos empezado nuestro parloteo, que llega un chico con clarísimas pintillas de español: “Hola, ¿sois españolas?”. Se nos presentan Nacho y su novia Mónica, ambos madrileños, que decidieron venir juntos a Bangalore cuando ella consiguió aquí una plaza como becaria. Mientras ella hace sus prácticas, él se dedica a hacer voluntariado con leprosos (que por lo visto abundan en los suburbios de la ciudad). Al ratito llegan Ignaci (el jefe de Nacho), Olaia (su vecina) y María (su compañera de piso), casi que al mismo tiempo que mis amigas. El revuelo de saludos, besos e intercambio de números de móvil, terminó convirtiéndose en una mesa para ocho. Entre risas y copas de vino, se me pasaron las horas sin darme ni cuenta y hasta se me olvidaron todos mis dolores (claro que el cuerpo luego me ha pasado factura y me he tirado el finde entre mantas y paracetamol).

La verdad, casi tengo ganas de darle las gracias a Ana (que así se llama también la coordinadora) por sus flaquezas gastrointestinales, porque de no ser por ellas me habría perdido una de las mejores cenas que he tenido en mucho tiempo. Me asombra la cantidad de españoles que viven en Bangalore: y a ellos les asombra el que yo haya podido vivir aquí durante tanto tiempo sin toparme con ellos. Porque por lo visto, los del viernes son solo un botón de muestra y me quedan a otros muchos por conocer.

Lo cierto es que estuve a punto de conocer a Olaia hará cosa de un mes. Cuando Nacho nos presentó, a ella se le encendió una lucecita y me preguntó: “¿Isabel? ¿Tú eres la famosa Isabel?”. Obviamente, no. Pero ella siguió: “¿No serás tú la Isabel que conoce a…?”. No, seguro que no. Yo soy la Isabel que no conoce a absolutamente nadie. Olaia estaba convencida: “¿La Isabel de Ranga Shankara?”. Ah, pues va a ser que sí... Resulta que Olaia y su amigo Ricardo (¡otro español en Bangalore!) fueron a ver juntos una obra de teatro, pero llegaron tarde y no les dejaron entrar. Así que se tomaron un refresco en la cafetería del teatro y Anju, la dueña de la cafetería y amiga de Amjad, les dijo que conocía a una española llamada Isabel que daba clases de español. El mes pasado, Olaia y un par de amigas fueron al teatro y esta vez no llegaron tarde. Vieron que una extranjera se sentaba sola en la misma fila donde estaban ellas y Olaia se preguntó si se trataría de la “famosa Isabel”. Quiso hablar conmigo al terminar la obra, pero ya no me encontró (yo estaba en los camerinos acompañando a Amjad y felicitando al grupo de actores). ¡Por qué pelos me pasó de largo la ocasión de conocer a mis compatriotas!

Todo esto me resulta extraordinario, sorprendente, desconcertante y hasta un poco, no sé cómo ponerlo, perturbador. Durante estos dos años en los que prácticamente no he conocido a nadie que hablase mi idioma, a menudo me he sentido más aislada que un Robinsón. Y ahora resulta que mientras yo me pasaba los días escrutando el horizonte y partiendo cocos a lo Tom Hanks, al otro lado de mi islote perdido ¡había un resort de cinco estrellas sirviendo cervezas, cubatas y margaritas a una colonia de españoles! Y no se me había ocurrido explorar esa parte de la isla. Hay que ser pardilla, de verdad.

Ahí no acaba la historia. Ahora que empiezo a conocer gente, me llega este anuncio a través del Facebook: “¿Quieres conocer a otros españoles en Bangalore? ¡Apúntate a InterNations!”. Qué fuerte: y digo yo, ¿no me podría haber llegado antes la invitación?

Pero bueno, más vale tarde que nunca. Está visto que mi burbuja estaba destinada a reventar este año. Será por algo, digo yo.

martes, 1 de noviembre de 2011

De vuelta a la rutina

Ya pasó Diwali y he vuelto a la rutina del cole y de los parones de luz (de hecho, estoy algo impaciente ahora mismo porque tengo en el horno una lasaña casera cuyas láminas de pasta van a quedar algo crujientes como no vuelva pronto la corriente).

Con la vuelta a clase, parece que también nos ha llegado el invierno: las temperaturas se aproximan a la friolera de 26 grados centígrados de día y 19, de noche. Ya sé que para muchos esto suena a primavera y que para algunos incluso es un sueño de verano, pero aquí estos bajones se notan. Yo ya ando con dolor de garganta. Menos mal que tengo dos días libres para reponerme.

Cierto, casi se me olvida comentarlo: después de un duro día de trabajo (con las primeras dos clases y parte de la tercera canceladas, por el tedi... digo, interesantísimo discurso inaugural del Excelentísimo Señor Rector), vuelvo a estar de vacaciones. Estamos a primero de noviembre y, aunque aquí no se celebre el día de los muertos, tenemos fiesta regional por cumplirse hoy el 38 aniversario de la formación del estado de Karnataka. Esta festividad se conoce popularmente como Kannada Rajyotsava: "kannada" es el nombre de la lengua oficial de Karnataka (que no se asemeja en absoluto al hindi) y "Rajyotsava" significa "nacimiento de un estado".

Mañana no trabajo por ser mi día libre, así que me ha salido un finde a mitad de semana. No está mal. Espero subir uno de esos retrasados posts sobre Sri Lanka que os tengo prometidos, aunque no sé si podré sacar tiempo (no es coña), porque lo primero es lo primero: ¡tengo que preparar mis clases!

Bueno, todavía no ha vuelto la luz y estoy desesperada por comer (aquí ya pasan de las 16:20). Voy a pinchar esa lasaña a ver si se puede comer sin partirse una los piños...

miércoles, 26 de octubre de 2011

Diwali 2011

Parece que fue ayer, sin embargo ya ha pasado casi un año: ya estamos de nuevo celebrando la fiesta de las luces, aunque realmente le caería mejor el nombre de fiesta del ruido.

En todas las casas indias, hoy los niños se han puesto hasta las cejas de comer dulces y se han dedicado a explotar petardos con total impunidad: para los peques, este es el mejor día del año. A sus petardos, se han unido las tracas y luego los fuegos artificiales. Así todo el día y estoy avisada de que esto no cejará hasta bien entrada la noche... 

Aún así, este año las festividades me están resultando menos sonoras que las del pasado. Amjad me lleva la contraria y me dice que no, que lo que pasa es que sin darme cuenta me estoy volviendo india. Es posible que el ruido ya no me afecte tanto como al principio, lo mismo que las especias, los bichos, la pobreza, la porquería... Sí, será que me estoy indianizando.

De lo que sí que no me cabe duda es de que este Diwali no ha salido tan lucido como el del 2010. Recuerdo que las calles de mi barrio estaban adornadas con hileras luminosas y multicolores. Este año, en cambio, ni una sola bombilla. Las únicas luces son las que han colgado en sus balcones y ventanas unos pocos vecinos.

La nota positiva es que este año no nos han cortado la luz, ni siquiera por media hora (aunque mejor lo digo con la boca chica, no sea que les dé a última hora por dejarnos a oscuras...).

En fin, tanto para los que celebréis Diwali como para los que no, os deseo felicidad, amor, salud, paz y prosperidad: Happy Diwali!

video
Huída en estampida

martes, 25 de octubre de 2011

De "Pink Zebra" y del mal que por bien venga...

Hoy toca hacer otro anuncio publicitario. No sé si recordaréis a mi amiga Nora Hartenstein, mi media naranja alemana. Para los que no, os ayudaré a hacer memoria: Nora y yo vivimos juntas un año largo de alegrías y frustraciones en la organización Braille Without Borders, como codirectoras académicas del IISE en su etapa inaugural. Con tanta curva y tantos altibajos, aquello fue como compartir asiento en una montaña rusa.

Tras apearnos de aquel tren enloquecido, ambas nos fuimos a descansar a nuestras respectivas casas. En febrero del 2010, yo regresaba a la India para reunirme con Amjad y probar suerte en la labor docente. Un poco antes, Nora también emprendía un viaje: el suyo la llevaría por Sri Lanka, India, Qatar, Tailandia, Bali y de vuelta a Alemania. Todo esto a lo largo de casi dos años, con muchas idas, muchas vueltas y varias estancias prolongadas en Sri Lanka.

Una de las diferencias entre Nora y yo es que cuando yo voy a Sri Lanka, me conformo con seguir un itinerario más o menos predefinido, probar nuevos sabores, sacar unas cuantas fotos, apuntarme los nombres de los sitios que más me gustan, que es la única manera de que no se me olviden de vuelta a la rutina, y tal vez, digo bien tal vez, publicar algunas recomendaciones en este blog un año más tarde (que es lo que tengo pensado hacer antes de que acabe la semana, incluso tal vez mañana mismo, aunque vuelvo a bien decir que esto es tan solo un tal vez). En cambio, cuando Nora va a Sri Lanka, ella se enamora de la isla y de sus habitantes, hace amigos que luego serán socios, se plantea crear un proyecto de ayuda al desarrollo de una pequeña comunidad pesquera, realiza un estudio de campo, se lo piensa mejor, descubre una cebra rosa y, un año más tarde, ¡se monta una empresa como diseñadora de viajes personalizados por Sri Lanka!

Y ahí va mi gran anuncio: hoy se ha hecho pública la página web de “Pink Zebra”, que podéis encontrar en www.pinkzebra.asia

Así que si os apetece pasar estas navidades en un paraíso tropical, os recomiendo que visitéis esta página ya mismo, y que os animéis a contactar con Nora. No podréis caer en mejores manos.


Recuerdo perfectamente la primera vez que escuché o, mejor dicho, que leí el nombre de la cebra rosa: fue el 8 de diciembre del 2010. Recuerdo el momento con precisión de relojería suiza, no solo por la curiosidad que me despertó el leer “Pink Zebra” en el asunto (Pink Zebra? WTF is a Pink Zebra?), sino porque ese correo de Nora me llegó en un momento de intensísimo estrés: estaba yo acuclillada junto a una de esas anchas y antiestéticas columnas azulejadas del aeropuerto de Chennai, para poder conectarme a la WIFI al tiempo que recargar la batería de mi portátil, haciendo uso temerario de un enchufe chispeante, que medio colgaba de la mencionada columna. Y no es que no sepa pasarme de Internet, sino que estaba en medio de un ataque de histeria por temerme lo peor: que no me iban a dejar subir a bordo del avión que tenía que llevarnos a Amjad y a mí, precisamente, ¡a Sri Lanka! Así que aprovecho la feliz coincidencia de destinos para rescatar una de esas anécdotas que, como dije hace tres días, se me quedaron en el tintero.

Era la primera vez que Amjad y yo nos íbamos juntos de viaje, la primera vez que subíamos juntos a un avión, la primera vez que salíamos juntos de la India (pequeño detalle cuya importancia se me había pasado por alto hasta que llegamos al aeropuerto). Habíamos hablado de visitar Sri Lanka desde hacía tiempo, más de una vez habíamos trasnochado haciendo proyectos, trazando itinerarios, leyendo de cabo a rabo el blog de viajes de Nora y navegando de una página a otra en busca de informaciones útiles. Habíamos contado nuestro dinero hasta la última rupia de la hucha y debatido los pros y los contras de gastarnos todo nuestro patrimonio en un viaje. Por fin nos decidimos al encontrar una de esas ofertas que no se pueden rechazar: por menos de 140 euros, compramos dos vuelos de ida y vuelta a Colombo desde el aeropuerto de Chennai, un “chollazo” milagroso. La víspera del viaje, lo tenía todo controlado: incluso pegué un “post-it” en la puerta de la entrada, para estar bien segura de que a última hora no se me iba a olvidar absolutamente nada. Listados estaban los cepillos de dientes, la cámara, el cargador de pilas, el cargador del portátil y, por supuesto, los pasaportes. Lo tenía todo listo: hasta empaqué unos turrones para celebrar la Noche Buena como Dios manda. Durante el viaje en tren que nos llevaba de Bangalore a Chennai, me iba congratulando por lo sorprendentemente bien que nos estaba saliendo todo. Para colmo de la dicha, en Sri Lanka nos íbamos a reunir con mi amiga Hélène. Vamos, creo que ya os podéis imaginar la emoción y bonanza del momento.

Bueno, pues todo ese gozo se fue a un pozo nada más adentrarnos en el aeropuerto de Chennai. De golpe y porrazo, me percaté de mi olvido: de mi fallo garrafal que iba a arruinarnos las vacaciones incluso antes de haberlas iniciado. Ni se me había pasado por la cabeza que este iba a ser un vuelo internacional y que la legislación india me obligaba a presentar mi hoja de registro ante las autoridades de inmigración al dejar el país, aunque solo fuera por unas breves vacaciones. La hojita se había quedado debidamente resguardada del polvo y de las humedades en un porta-documentos plastificado, guardado en el armario de casa, en Bangalore. Horror. Incredulidad. Desesperación. Impotencia.

Nos sentamos y saqué mi portátil de la mochila: gracias a Dios, el aeropuerto tenía red gratuita de Internet, así que me puse a buscar artículos sobre las regulaciones de inmigración, por si acaso hubiese habido algún cambio favorable. Lo que leí me hundió todavía más en la miseria: di con un blog de un viajero al que le había pasado exactamente lo mismo y al que le tocó quedarse en tierra. Advertía el tipo que todos los días se veían en el aeropuerto de Chennai casos como el nuestro: desconcertados turistas que, o bien suplicando con lagrimones, o bien gritando con aspavientos, solicitaban en vano que se les permitiera tomar su avión. Las autoridades indias son totalmente inflexibles en este punto: sin la hoja de registro del FRRO, nadie se va a ninguna parte. 

Aún nos quedaban por delante unas cuatro o cinco horas de angustiosa espera antes de que un oficial de inmigración me fuese a mandar de patitas a Bangalore, que yo no podía pasar sentada y sumida a mi suerte. Así que me fui en busca de ayuda. Conseguí hablar con el jefe de la policía de inmigración, al que expuse mi caso con voz trémula y entrecortada, porque con tanta ansiedad parecía que estaba sufriendo de un avanzado estado de Parkinson. El policía se puso a ojear mi pasaporte, mientras me escuchaba con una mansedumbre y compasión muy poco características de los hombres de su función y rango. Al rato descubrí que esto debía de ser por el buen humor que le causaba el saberse ya de camino para casa: “Verá señorita, yo haría una excepción, pero es que acabo de terminar mi turno: tendrá usted que hablar con mi compañero”. Ahí fue cuando mi Parkinson se exacerbó, pasando a convertirse en lo más parecido a un ataque del síndrome de Tourette, y le supliqué que no se fuera sin antes hablar a mi favor con su colega. Así lo hizo y pude observar, desde una posición alejada y detrás de una barrera, como los dos policías intercambiaban palabras y lanzaban miradas en mi dirección. Después de un par de minutos que se me hicieron eternos, volvió mi amigo y me dijo que ya podía ir a hablar con su compañero. 

El segundo policía, que al empezar su turno y encontrarse ya con problemas, obviamente no gozaba del mismo buen temple que el primero, me puso unas cuantas pegas: que si no tenía por lo menos una copia de la hoja de registro (aquí necesito precisar que las copias normalmente no se admiten y que solo vale la hoja original) y que si podía alguien en Bangalore acceder a mi apartamento, encontrar la hoja y mandársela por fax. Ante mis dos negativas, resopló el hombre con cara de pocos amigos. Fue entonces cuando se me ocurrió la mejor forma de convencerle: no, no le ofrecí un soborno, sino la prueba irrefutable de que estaba debidamente y legalmente registrada ante las autoridades de su país. En una de las páginas de mi pasaporte, hay un sello del FRRO con una nota explicando que he pagado una multa de 30 dólares por cumplir con mi obligación de registro fuera de plazo. Nunca pensé que mi falta de cabeza pudiese serme beneficiosa algún día, pero por lo visto se cumple el dicho: ¡no hay mal que por bien no venga!


Mucha verdad encierra la sabiduría popular. El mismo proverbio puede aplicarse a “Pink Zebra”, cuyo nacimiento también está conectado con ese muro de lamentaciones que es la legislación inmigratoria de la India. Resulta que su viaje a Sri Lanka, le surgió a Nora de rebote y chiripa. Ella tenía que volar a la India, cuando se enteró, gracias a esta servidora, de que un cambio legislativo le impediría entrar en el país hasta que se cumplieran dos meses completos desde su última salida. Así que a última hora, tuvo que cambiar sus planes y sacarse un billete para Sri Lanka. Y tanto le gustó, ¡que por poco ni vuelve a la India!

Moraleja: cuando algo se os tuerza, no desesperéis y pensad positivo. Igual es que tenéis a una cebra rosa aguardándoos por el camino.

sábado, 22 de octubre de 2011

Por fin se despertó la que dormía...

Este viejo blog, que lleva callado ya casi un año, parece más apagado que el Vesubio: pero ¿quién sabe? Escarbando en lo más profundo de sus entrañas, tal vez encuentre una gotita de magma aún caliente que me permita resucitar al muerto. En mis manos queda el milagro de revitalizar este blog, así que hoy me he propuesto volver a intentarlo.

Lo cierto es que tiempo para escribir no me ha faltado. Como ya comenté unas cuantas veces, mi trabajo como profesora de español me permite disfrutar de un horario ligero y de un calendario salpicado de vacaciones. De hecho, estas son tantas y tan prolongadas en la India que los periodos lectivos me saben a breves paréntesis para despertar de mis letárgicos descansos. Ahora mismo, llevo sin pegar golpe desde el dos de octubre y no se reanudan mis clases hasta el 31. Para entonces, seguiré con bastante tiempo libre pues sigo trabajando a media jornada y solo cuatro días por semana (uno más que el curso pasado). Con tanta ociosidad a mi disposición, pensaréis que habré aprovechado para escribir un libro, leerme la enciclopedia británica, sacarme un máster o una segunda carrera, explorar el país de cabo a rabo y hasta lo más profundo de sus tripas, aprender hindi o cualquier otro de los muchos idiomas que por aquí se hablan, tomar clases de yoga o empezar cualquier otro hobby o, cuanto menos, ponerme al día con mi acumulada correspondencia electrónica. Pues, ni eso.

Todas estas maravillosas ideas se me han pasado por la cabeza en repetidas ocasiones, pero ninguna ha llegado a materializarse. Por supuesto, tengo un buen repertorio de excusas para justificar mi total y absoluta inactividad (que si me puede la indecisión ante la infinidad de ofertas y la escasez de recursos, que si el país es demasiado grande y sus transportes demasiado lentos, que si hace demasiado calor o llueve a cántaros, que si no hay dinero para todo ni para casi nada, que si la rutina se ha apoderado de mis días y que si no se me ocurre qué contar, que si estos idiomas son ilegibles, que si a mí en el fondo nunca me ha gustado demasiado esto del yoga), pero la verdad pura y dura es que: sin presión, yo me amuermo.

Para muestra, mi blog es el mejor botón. A tanto ha llegado mi pereza, que no he subido ni un solo post desde aquel escuetísimo texto (más que un post era un “post-it”) que escribí por Diwali del año pasado: y ya solo faltan cuatro días para que la ciudad se vuelva a llenar de luces y de ruido. Peor aún: por no escribir, este año no he escrito ni mi tradicional decálogo de resoluciones tardías. Es más, ni siquiera he hecho el esfuerzo de formularlas mentalmente: creo que llegué a pensar en unas cinco, de las que con precisión recuerdo solo tres, de las que cumplí exactamente ninguna.

Y no es que no pasaran cosas durante este año y pico: las visitas de mis amigas Hélène y Ania, un viaje a Sri Lanka y otro a las playas hippies de Gokarna, mi brevísima carrera teatral en Ranga Shankara, el día a día de la escuela y de mis queridísimos alumnos, por nombrar algunas. Se han quedado muchas anécdotas en el tintero, de las que tal vez aún pueda recuperar alguna. La noticia más destacable de los tiempos recientes es que por fin tengo un pequeño círculo de amigas en Bangalore.

Llevaba meses (largos como siglos) echando de menos el tener amigas con las que quedar para hacer compras, ir al cine o tomar un café. Mis compañeras de trabajo son todas indias, casadas y con hijos, por lo que las suyas son amistades intramuros. Necesitaba tener a alguien con quien quedar, con quien animarme a salir de casa y, cuando ya lo daba por imposible, apareció Anaí. Ella también trabaja como profesora de ELE, es de Salamanca y recién acaba de estrenar nueva vida en esta ciudad, país y continente. Llegó a Bangalore el 20 de septiembre, que es mi cumpleaños, así que su amistad ha sido mi mejor regalo y doy gracias al de más arriba por habérmela enviado. Y por si con una Ana no tuviese suficiente, hace cosa de una semana llegó a Bangalore mi otra Ana, de Barcelona. Gracias a ellas, por fin tengo otro aliciente para salir por el centro, que no sea el de los aburridos trámites burocráticos de inmigración. 

Esta tarde hemos quedado para ver “Tango”, que no es la película sino una obra de teatro. Así que aprovecharé para hacerme una foto con una Ana a cada lado y alegrar este post con tres sonrisas.




PD: Por cierto, se me olvidaba hacer un pequeño anuncio publicitario. El recién nacido blog de Anaí es una lectura muy recomendable y podéis encontrarlo entre mis enlaces o aquí mismo. Le debo a Anaí el haberme contagiado las ganas de volver a escribir en este blog… y de ponerme las pilas, en general.