Hoy toca hacer otro anuncio publicitario. No
sé si recordaréis a mi amiga Nora Hartenstein, mi media naranja alemana. Para
los que no, os ayudaré a hacer memoria: Nora y yo vivimos juntas un año largo
de alegrías y frustraciones en la organización Braille Without Borders, como
codirectoras académicas del IISE en su etapa inaugural. Con tanta curva y
tantos altibajos, aquello fue como compartir asiento en una montaña rusa.
Tras apearnos de aquel tren enloquecido,
ambas nos fuimos a descansar a nuestras respectivas casas. En febrero del 2010,
yo regresaba a la India para reunirme con Amjad y probar suerte en la labor docente.
Un poco antes, Nora también emprendía un viaje: el suyo la llevaría por Sri
Lanka, India, Qatar, Tailandia, Bali y de vuelta a Alemania. Todo esto a lo
largo de casi dos años, con muchas idas, muchas vueltas y varias estancias
prolongadas en Sri Lanka.
Una de las diferencias entre Nora y yo es que
cuando yo voy a Sri Lanka, me conformo con seguir un itinerario más o menos
predefinido, probar nuevos sabores, sacar unas cuantas fotos, apuntarme los nombres
de los sitios que más me gustan, que es la única manera de que no se me olviden
de vuelta a la rutina, y tal vez, digo bien tal vez, publicar algunas
recomendaciones en este blog un año más tarde (que es lo que tengo pensado
hacer antes de que acabe la semana, incluso tal vez mañana mismo, aunque vuelvo
a bien decir que esto es tan solo un tal vez). En cambio, cuando Nora va a Sri
Lanka, ella se enamora de la isla y de sus habitantes, hace amigos que luego
serán socios, se plantea crear un proyecto de ayuda al desarrollo de una
pequeña comunidad pesquera, realiza un estudio de campo, se lo piensa mejor,
descubre una cebra rosa y, un año más tarde, ¡se monta una empresa como
diseñadora de viajes personalizados por Sri Lanka!
Y ahí va mi gran anuncio: hoy se ha hecho
pública la página web de “Pink Zebra”, que podéis encontrar en www.pinkzebra.asia
Así que si os apetece pasar estas navidades
en un paraíso tropical, os recomiendo que visitéis esta página ya mismo, y que os
animéis a contactar con Nora. No podréis caer en mejores manos.

Recuerdo perfectamente la primera vez que
escuché o, mejor dicho, que leí el nombre de la cebra rosa: fue el 8 de
diciembre del 2010. Recuerdo el momento con precisión de relojería suiza, no solo
por la curiosidad que me despertó el leer “Pink Zebra” en el asunto (Pink
Zebra? WTF is a Pink Zebra?), sino porque ese correo de Nora me llegó en un
momento de intensísimo estrés: estaba yo acuclillada junto a una de esas anchas
y antiestéticas columnas azulejadas del aeropuerto de Chennai, para poder
conectarme a la WIFI al tiempo que recargar la batería de mi portátil, haciendo
uso temerario de un enchufe chispeante, que medio colgaba de la mencionada
columna. Y no es que no sepa pasarme de Internet, sino que estaba en medio de
un ataque de histeria por temerme lo peor: que no me iban a dejar subir a bordo
del avión que tenía que llevarnos a Amjad y a mí, precisamente, ¡a Sri Lanka! Así
que aprovecho la feliz coincidencia de destinos para rescatar una de esas anécdotas
que, como dije hace tres días, se me quedaron en el tintero.
Era la primera vez que Amjad y yo nos íbamos
juntos de viaje, la primera vez que subíamos juntos a un avión, la primera vez
que salíamos juntos de la India (pequeño detalle cuya importancia se me había
pasado por alto hasta que llegamos al aeropuerto). Habíamos hablado de visitar
Sri Lanka desde hacía tiempo, más de una vez habíamos trasnochado haciendo
proyectos, trazando itinerarios, leyendo de cabo a rabo el blog de viajes de Nora y navegando de una página a otra en busca de informaciones útiles.
Habíamos contado nuestro dinero hasta la última rupia de la hucha y debatido
los pros y los contras de gastarnos todo nuestro patrimonio en un viaje. Por
fin nos decidimos al encontrar una de esas ofertas que no se pueden rechazar:
por menos de 140 euros, compramos dos vuelos de ida y vuelta a Colombo desde el aeropuerto
de Chennai, un “chollazo” milagroso. La víspera del viaje, lo tenía todo
controlado: incluso pegué un “post-it” en la puerta de la entrada, para estar
bien segura de que a última hora no se me iba a olvidar absolutamente nada.
Listados estaban los cepillos de dientes, la cámara, el cargador de pilas, el
cargador del portátil y, por supuesto, los pasaportes. Lo tenía todo listo: hasta
empaqué unos turrones para celebrar la Noche Buena como Dios manda. Durante el
viaje en tren que nos llevaba de Bangalore a Chennai, me iba congratulando por
lo sorprendentemente bien que nos estaba saliendo todo. Para colmo de la dicha,
en Sri Lanka nos íbamos a reunir con mi amiga Hélène. Vamos, creo que ya os
podéis imaginar la emoción y bonanza del momento.
Bueno, pues todo ese gozo se fue a un pozo
nada más adentrarnos en el aeropuerto de Chennai. De golpe y porrazo, me
percaté de mi olvido: de mi fallo garrafal que iba a arruinarnos las vacaciones
incluso antes de haberlas iniciado. Ni se me había pasado por la cabeza que
este iba a ser un vuelo internacional y que la legislación india me obligaba a
presentar mi hoja de registro ante las autoridades de inmigración al dejar el
país, aunque solo fuera por unas breves vacaciones. La hojita se había quedado debidamente
resguardada del polvo y de las humedades en un porta-documentos plastificado,
guardado en el armario de casa, en Bangalore. Horror. Incredulidad.
Desesperación. Impotencia.
Nos sentamos y saqué mi portátil de la
mochila: gracias a Dios, el aeropuerto tenía red gratuita de Internet, así que
me puse a buscar artículos sobre las regulaciones de inmigración, por si acaso
hubiese habido algún cambio favorable. Lo que leí me hundió todavía más en la
miseria: di con un blog de un viajero al que le había pasado exactamente lo mismo
y al que le tocó quedarse en tierra. Advertía el tipo que todos los días se
veían en el aeropuerto de Chennai casos como el nuestro: desconcertados turistas
que, o bien suplicando con lagrimones, o bien gritando con aspavientos, solicitaban
en vano que se les permitiera tomar su avión. Las autoridades indias son totalmente
inflexibles en este punto: sin la hoja de registro del FRRO, nadie se va a ninguna parte.
Aún nos quedaban por delante unas cuatro o
cinco horas de angustiosa espera antes de que un oficial de inmigración me
fuese a mandar de patitas a Bangalore, que yo no podía pasar sentada y sumida a
mi suerte. Así que me fui en busca de ayuda. Conseguí hablar con el jefe de la
policía de inmigración, al que expuse mi caso con voz trémula y entrecortada, porque
con tanta ansiedad parecía que estaba sufriendo de un avanzado estado de
Parkinson. El policía se puso a ojear mi pasaporte, mientras me escuchaba con
una mansedumbre y compasión muy poco características de los hombres de su función
y rango. Al rato descubrí que esto debía de ser por el buen humor que le causaba
el saberse ya de camino para casa: “Verá señorita, yo haría una excepción, pero
es que acabo de terminar mi turno: tendrá usted que hablar con mi compañero”.
Ahí fue cuando mi Parkinson se exacerbó, pasando a convertirse en lo más
parecido a un ataque del síndrome de Tourette, y le supliqué que no se fuera
sin antes hablar a mi favor con su colega. Así lo hizo y pude observar, desde
una posición alejada y detrás de una barrera, como los dos policías
intercambiaban palabras y lanzaban miradas en mi dirección. Después de un par
de minutos que se me hicieron eternos, volvió mi amigo y me dijo que ya podía
ir a hablar con su compañero.
El segundo policía, que al empezar su turno y
encontrarse ya con problemas, obviamente no gozaba del mismo buen temple que el
primero, me puso unas cuantas pegas: que si no tenía por lo menos una copia de
la hoja de registro (aquí necesito precisar que las copias normalmente no se
admiten y que solo vale la hoja original) y que si podía alguien en Bangalore
acceder a mi apartamento, encontrar la hoja y mandársela por fax. Ante mis dos
negativas, resopló el hombre con cara de pocos amigos. Fue entonces cuando se
me ocurrió la mejor forma de convencerle: no, no le ofrecí un soborno, sino la
prueba irrefutable de que estaba debidamente y legalmente registrada ante las
autoridades de su país. En una de las páginas de mi pasaporte, hay un sello del
FRRO con una nota explicando que he pagado una multa de 30 dólares por cumplir con
mi obligación de registro fuera de plazo. Nunca pensé que mi falta de cabeza
pudiese serme beneficiosa algún día, pero por lo visto se cumple el dicho: ¡no
hay mal que por bien no venga!

Mucha verdad encierra la sabiduría popular.
El mismo proverbio puede aplicarse a “Pink Zebra”, cuyo nacimiento también está
conectado con ese muro de lamentaciones que es la legislación inmigratoria de la
India. Resulta que su viaje a Sri Lanka, le surgió a Nora de rebote y chiripa. Ella
tenía que volar a la India, cuando se enteró, gracias a esta servidora, de que un cambio legislativo le
impediría entrar en el país hasta que se cumplieran dos meses completos desde
su última salida. Así que a última hora, tuvo que cambiar sus planes y sacarse
un billete para Sri Lanka. Y tanto le gustó, ¡que por poco ni vuelve a la India!
Moraleja: cuando algo se os tuerza, no desesperéis y pensad positivo. Igual es que tenéis a una cebra rosa aguardándoos
por el camino.