martes, 1 de noviembre de 2011

De vuelta a la rutina

Ya pasó Diwali y he vuelto a la rutina del cole y de los parones de luz (de hecho, estoy algo impaciente ahora mismo porque tengo en el horno una lasaña casera cuyas láminas de pasta van a quedar algo crujientes como no vuelva pronto la corriente).

Con la vuelta a clase, parece que también nos ha llegado el invierno: las temperaturas se aproximan a la friolera de 26 grados centígrados de día y 19, de noche. Ya sé que para muchos esto suena a primavera y que para algunos incluso es un sueño de verano, pero aquí estos bajones se notan. Yo ya ando con dolor de garganta. Menos mal que tengo dos días libres para reponerme.

Cierto, casi se me olvida comentarlo: después de un duro día de trabajo (con las primeras dos clases y parte de la tercera canceladas, por el tedi... digo, interesantísimo discurso inaugural del Excelentísimo Señor Rector), vuelvo a estar de vacaciones. Estamos a primero de noviembre y, aunque aquí no se celebre el día de los muertos, tenemos fiesta regional por cumplirse hoy el 38 aniversario de la formación del estado de Karnataka. Esta festividad se conoce popularmente como Kannada Rajyotsava: "kannada" es el nombre de la lengua oficial de Karnataka (que no se asemeja en absoluto al hindi) y "Rajyotsava" significa "nacimiento de un estado".

Mañana no trabajo por ser mi día libre, así que me ha salido un finde a mitad de semana. No está mal. Espero subir uno de esos retrasados posts sobre Sri Lanka que os tengo prometidos, aunque no sé si podré sacar tiempo (no es coña), porque lo primero es lo primero: ¡tengo que preparar mis clases!

Bueno, todavía no ha vuelto la luz y estoy desesperada por comer (aquí ya pasan de las 16:20). Voy a pinchar esa lasaña a ver si se puede comer sin partirse una los piños...

miércoles, 26 de octubre de 2011

Diwali 2011

Parece que fue ayer, sin embargo ya ha pasado casi un año: ya estamos de nuevo celebrando la fiesta de las luces, aunque realmente le caería mejor el nombre de fiesta del ruido.

En todas las casas indias, hoy los niños se han puesto hasta las cejas de comer dulces y se han dedicado a explotar petardos con total impunidad: para los peques, este es el mejor día del año. A sus petardos, se han unido las tracas y luego los fuegos artificiales. Así todo el día y estoy avisada de que esto no cejará hasta bien entrada la noche... 

Aún así, este año las festividades me están resultando menos sonoras que las del pasado. Amjad me lleva la contraria y me dice que no, que lo que pasa es que sin darme cuenta me estoy volviendo india. Es posible que el ruido ya no me afecte tanto como al principio, lo mismo que las especias, los bichos, la pobreza, la porquería... Sí, será que me estoy indianizando.

De lo que sí que no me cabe duda es de que este Diwali no ha salido tan lucido como el del 2010. Recuerdo que las calles de mi barrio estaban adornadas con hileras luminosas y multicolores. Este año, en cambio, ni una sola bombilla. Las únicas luces son las que han colgado en sus balcones y ventanas unos pocos vecinos.

La nota positiva es que este año no nos han cortado la luz, ni siquiera por media hora (aunque mejor lo digo con la boca chica, no sea que les dé a última hora por dejarnos a oscuras...).

En fin, tanto para los que celebréis Diwali como para los que no, os deseo felicidad, amor, salud, paz y prosperidad: Happy Diwali!

Huída en estampida

martes, 25 de octubre de 2011

De "Pink Zebra" y del mal que por bien venga...

Hoy toca hacer otro anuncio publicitario. No sé si recordaréis a mi amiga Nora Hartenstein, mi media naranja alemana. Para los que no, os ayudaré a hacer memoria: Nora y yo vivimos juntas un año largo de alegrías y frustraciones en la organización Braille Without Borders, como codirectoras académicas del IISE en su etapa inaugural. Con tanta curva y tantos altibajos, aquello fue como compartir asiento en una montaña rusa.

Tras apearnos de aquel tren enloquecido, ambas nos fuimos a descansar a nuestras respectivas casas. En febrero del 2010, yo regresaba a la India para reunirme con Amjad y probar suerte en la labor docente. Un poco antes, Nora también emprendía un viaje: el suyo la llevaría por Sri Lanka, India, Qatar, Tailandia, Bali y de vuelta a Alemania. Todo esto a lo largo de casi dos años, con muchas idas, muchas vueltas y varias estancias prolongadas en Sri Lanka.

Una de las diferencias entre Nora y yo es que cuando yo voy a Sri Lanka, me conformo con seguir un itinerario más o menos predefinido, probar nuevos sabores, sacar unas cuantas fotos, apuntarme los nombres de los sitios que más me gustan, que es la única manera de que no se me olviden de vuelta a la rutina, y tal vez, digo bien tal vez, publicar algunas recomendaciones en este blog un año más tarde (que es lo que tengo pensado hacer antes de que acabe la semana, incluso tal vez mañana mismo, aunque vuelvo a bien decir que esto es tan solo un tal vez). En cambio, cuando Nora va a Sri Lanka, ella se enamora de la isla y de sus habitantes, hace amigos que luego serán socios, se plantea crear un proyecto de ayuda al desarrollo de una pequeña comunidad pesquera, realiza un estudio de campo, se lo piensa mejor, descubre una cebra rosa y, un año más tarde, ¡se monta una empresa como diseñadora de viajes personalizados por Sri Lanka!

Y ahí va mi gran anuncio: hoy se ha hecho pública la página web de “Pink Zebra”, que podéis encontrar en www.pinkzebra.asia

Así que si os apetece pasar estas navidades en un paraíso tropical, os recomiendo que visitéis esta página ya mismo, y que os animéis a contactar con Nora. No podréis caer en mejores manos.


Recuerdo perfectamente la primera vez que escuché o, mejor dicho, que leí el nombre de la cebra rosa: fue el 8 de diciembre del 2010. Recuerdo el momento con precisión de relojería suiza, no solo por la curiosidad que me despertó el leer “Pink Zebra” en el asunto (Pink Zebra? WTF is a Pink Zebra?), sino porque ese correo de Nora me llegó en un momento de intensísimo estrés: estaba yo acuclillada junto a una de esas anchas y antiestéticas columnas azulejadas del aeropuerto de Chennai, para poder conectarme a la WIFI al tiempo que recargar la batería de mi portátil, haciendo uso temerario de un enchufe chispeante, que medio colgaba de la mencionada columna. Y no es que no sepa pasarme de Internet, sino que estaba en medio de un ataque de histeria por temerme lo peor: que no me iban a dejar subir a bordo del avión que tenía que llevarnos a Amjad y a mí, precisamente, ¡a Sri Lanka! Así que aprovecho la feliz coincidencia de destinos para rescatar una de esas anécdotas que, como dije hace tres días, se me quedaron en el tintero.

Era la primera vez que Amjad y yo nos íbamos juntos de viaje, la primera vez que subíamos juntos a un avión, la primera vez que salíamos juntos de la India (pequeño detalle cuya importancia se me había pasado por alto hasta que llegamos al aeropuerto). Habíamos hablado de visitar Sri Lanka desde hacía tiempo, más de una vez habíamos trasnochado haciendo proyectos, trazando itinerarios, leyendo de cabo a rabo el blog de viajes de Nora y navegando de una página a otra en busca de informaciones útiles. Habíamos contado nuestro dinero hasta la última rupia de la hucha y debatido los pros y los contras de gastarnos todo nuestro patrimonio en un viaje. Por fin nos decidimos al encontrar una de esas ofertas que no se pueden rechazar: por menos de 140 euros, compramos dos vuelos de ida y vuelta a Colombo desde el aeropuerto de Chennai, un “chollazo” milagroso. La víspera del viaje, lo tenía todo controlado: incluso pegué un “post-it” en la puerta de la entrada, para estar bien segura de que a última hora no se me iba a olvidar absolutamente nada. Listados estaban los cepillos de dientes, la cámara, el cargador de pilas, el cargador del portátil y, por supuesto, los pasaportes. Lo tenía todo listo: hasta empaqué unos turrones para celebrar la Noche Buena como Dios manda. Durante el viaje en tren que nos llevaba de Bangalore a Chennai, me iba congratulando por lo sorprendentemente bien que nos estaba saliendo todo. Para colmo de la dicha, en Sri Lanka nos íbamos a reunir con mi amiga Hélène. Vamos, creo que ya os podéis imaginar la emoción y bonanza del momento.

Bueno, pues todo ese gozo se fue a un pozo nada más adentrarnos en el aeropuerto de Chennai. De golpe y porrazo, me percaté de mi olvido: de mi fallo garrafal que iba a arruinarnos las vacaciones incluso antes de haberlas iniciado. Ni se me había pasado por la cabeza que este iba a ser un vuelo internacional y que la legislación india me obligaba a presentar mi hoja de registro ante las autoridades de inmigración al dejar el país, aunque solo fuera por unas breves vacaciones. La hojita se había quedado debidamente resguardada del polvo y de las humedades en un porta-documentos plastificado, guardado en el armario de casa, en Bangalore. Horror. Incredulidad. Desesperación. Impotencia.

Nos sentamos y saqué mi portátil de la mochila: gracias a Dios, el aeropuerto tenía red gratuita de Internet, así que me puse a buscar artículos sobre las regulaciones de inmigración, por si acaso hubiese habido algún cambio favorable. Lo que leí me hundió todavía más en la miseria: di con un blog de un viajero al que le había pasado exactamente lo mismo y al que le tocó quedarse en tierra. Advertía el tipo que todos los días se veían en el aeropuerto de Chennai casos como el nuestro: desconcertados turistas que, o bien suplicando con lagrimones, o bien gritando con aspavientos, solicitaban en vano que se les permitiera tomar su avión. Las autoridades indias son totalmente inflexibles en este punto: sin la hoja de registro del FRRO, nadie se va a ninguna parte. 

Aún nos quedaban por delante unas cuatro o cinco horas de angustiosa espera antes de que un oficial de inmigración me fuese a mandar de patitas a Bangalore, que yo no podía pasar sentada y sumida a mi suerte. Así que me fui en busca de ayuda. Conseguí hablar con el jefe de la policía de inmigración, al que expuse mi caso con voz trémula y entrecortada, porque con tanta ansiedad parecía que estaba sufriendo de un avanzado estado de Parkinson. El policía se puso a ojear mi pasaporte, mientras me escuchaba con una mansedumbre y compasión muy poco características de los hombres de su función y rango. Al rato descubrí que esto debía de ser por el buen humor que le causaba el saberse ya de camino para casa: “Verá señorita, yo haría una excepción, pero es que acabo de terminar mi turno: tendrá usted que hablar con mi compañero”. Ahí fue cuando mi Parkinson se exacerbó, pasando a convertirse en lo más parecido a un ataque del síndrome de Tourette, y le supliqué que no se fuera sin antes hablar a mi favor con su colega. Así lo hizo y pude observar, desde una posición alejada y detrás de una barrera, como los dos policías intercambiaban palabras y lanzaban miradas en mi dirección. Después de un par de minutos que se me hicieron eternos, volvió mi amigo y me dijo que ya podía ir a hablar con su compañero. 

El segundo policía, que al empezar su turno y encontrarse ya con problemas, obviamente no gozaba del mismo buen temple que el primero, me puso unas cuantas pegas: que si no tenía por lo menos una copia de la hoja de registro (aquí necesito precisar que las copias normalmente no se admiten y que solo vale la hoja original) y que si podía alguien en Bangalore acceder a mi apartamento, encontrar la hoja y mandársela por fax. Ante mis dos negativas, resopló el hombre con cara de pocos amigos. Fue entonces cuando se me ocurrió la mejor forma de convencerle: no, no le ofrecí un soborno, sino la prueba irrefutable de que estaba debidamente y legalmente registrada ante las autoridades de su país. En una de las páginas de mi pasaporte, hay un sello del FRRO con una nota explicando que he pagado una multa de 30 dólares por cumplir con mi obligación de registro fuera de plazo. Nunca pensé que mi falta de cabeza pudiese serme beneficiosa algún día, pero por lo visto se cumple el dicho: ¡no hay mal que por bien no venga!


Mucha verdad encierra la sabiduría popular. El mismo proverbio puede aplicarse a “Pink Zebra”, cuyo nacimiento también está conectado con ese muro de lamentaciones que es la legislación inmigratoria de la India. Resulta que su viaje a Sri Lanka, le surgió a Nora de rebote y chiripa. Ella tenía que volar a la India, cuando se enteró, gracias a esta servidora, de que un cambio legislativo le impediría entrar en el país hasta que se cumplieran dos meses completos desde su última salida. Así que a última hora, tuvo que cambiar sus planes y sacarse un billete para Sri Lanka. Y tanto le gustó, ¡que por poco ni vuelve a la India!

Moraleja: cuando algo se os tuerza, no desesperéis y pensad positivo. Igual es que tenéis a una cebra rosa aguardándoos por el camino.

sábado, 22 de octubre de 2011

Por fin se despertó la que dormía...

Este viejo blog, que lleva callado ya casi un año, parece más apagado que el Vesubio: pero ¿quién sabe? Escarbando en lo más profundo de sus entrañas, tal vez encuentre una gotita de magma aún caliente que me permita resucitar al muerto. En mis manos queda el milagro de revitalizar este blog, así que hoy me he propuesto volver a intentarlo.

Lo cierto es que tiempo para escribir no me ha faltado. Como ya comenté unas cuantas veces, mi trabajo como profesora de español me permite disfrutar de un horario ligero y de un calendario salpicado de vacaciones. De hecho, estas son tantas y tan prolongadas en la India que los periodos lectivos me saben a breves paréntesis para despertar de mis letárgicos descansos. Ahora mismo, llevo sin pegar golpe desde el dos de octubre y no se reanudan mis clases hasta el 31. Para entonces, seguiré con bastante tiempo libre pues sigo trabajando a media jornada y solo cuatro días por semana (uno más que el curso pasado). Con tanta ociosidad a mi disposición, pensaréis que habré aprovechado para escribir un libro, leerme la enciclopedia británica, sacarme un máster o una segunda carrera, explorar el país de cabo a rabo y hasta lo más profundo de sus tripas, aprender hindi o cualquier otro de los muchos idiomas que por aquí se hablan, tomar clases de yoga o empezar cualquier otro hobby o, cuanto menos, ponerme al día con mi acumulada correspondencia electrónica. Pues, ni eso.

Todas estas maravillosas ideas se me han pasado por la cabeza en repetidas ocasiones, pero ninguna ha llegado a materializarse. Por supuesto, tengo un buen repertorio de excusas para justificar mi total y absoluta inactividad (que si me puede la indecisión ante la infinidad de ofertas y la escasez de recursos, que si el país es demasiado grande y sus transportes demasiado lentos, que si hace demasiado calor o llueve a cántaros, que si no hay dinero para todo ni para casi nada, que si la rutina se ha apoderado de mis días y que si no se me ocurre qué contar, que si estos idiomas son ilegibles, que si a mí en el fondo nunca me ha gustado demasiado esto del yoga), pero la verdad pura y dura es que: sin presión, yo me amuermo.

Para muestra, mi blog es el mejor botón. A tanto ha llegado mi pereza, que no he subido ni un solo post desde aquel escuetísimo texto (más que un post era un “post-it”) que escribí por Diwali del año pasado: y ya solo faltan cuatro días para que la ciudad se vuelva a llenar de luces y de ruido. Peor aún: por no escribir, este año no he escrito ni mi tradicional decálogo de resoluciones tardías. Es más, ni siquiera he hecho el esfuerzo de formularlas mentalmente: creo que llegué a pensar en unas cinco, de las que con precisión recuerdo solo tres, de las que cumplí exactamente ninguna.

Y no es que no pasaran cosas durante este año y pico: las visitas de mis amigas Hélène y Ania, un viaje a Sri Lanka y otro a las playas hippies de Gokarna, mi brevísima carrera teatral en Ranga Shankara, el día a día de la escuela y de mis queridísimos alumnos, por nombrar algunas. Se han quedado muchas anécdotas en el tintero, de las que tal vez aún pueda recuperar alguna. La noticia más destacable de los tiempos recientes es que por fin tengo un pequeño círculo de amigas en Bangalore.

Llevaba meses (largos como siglos) echando de menos el tener amigas con las que quedar para hacer compras, ir al cine o tomar un café. Mis compañeras de trabajo son todas indias, casadas y con hijos, por lo que las suyas son amistades intramuros. Necesitaba tener a alguien con quien quedar, con quien animarme a salir de casa y, cuando ya lo daba por imposible, apareció Anaí. Ella también trabaja como profesora de ELE, es de Salamanca y recién acaba de estrenar nueva vida en esta ciudad, país y continente. Llegó a Bangalore el 20 de septiembre, que es mi cumpleaños, así que su amistad ha sido mi mejor regalo y doy gracias al de más arriba por habérmela enviado. Y por si con una Ana no tuviese suficiente, hace cosa de una semana llegó a Bangalore mi otra Ana, de Barcelona. Gracias a ellas, por fin tengo otro aliciente para salir por el centro, que no sea el de los aburridos trámites burocráticos de inmigración. 

Esta tarde hemos quedado para ver “Tango”, que no es la película sino una obra de teatro. Así que aprovecharé para hacerme una foto con una Ana a cada lado y alegrar este post con tres sonrisas.




PD: Por cierto, se me olvidaba hacer un pequeño anuncio publicitario. El recién nacido blog de Anaí es una lectura muy recomendable y podéis encontrarlo entre mis enlaces o aquí mismo. Le debo a Anaí el haberme contagiado las ganas de volver a escribir en este blog… y de ponerme las pilas, en general.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Happy Diwali!

Otro año más el festival de las luces me pilla en el sur de la India, donde al parecer se celebra con mucha menos pompa y estruendo que en el norte. Aún así, llevamos cuatro días bajo el atronador efecto de petardos, tracas y fuegos artificiales. El derroche de explosivos se justifica por la necesidad de ahuyentar a los malos espíritus de modo a que prevalezca el bien. Tal vez haya funcionado la estrategia, porque hay que ver lo tranquilos y apacibles que hemos quedado desde que se terminaron las fiestas...

Lo más gracioso sin duda ha sido que mientras todo el vecindario resplandecía con sus guirnaldas de parpadeantes luces multicolores (como las que usamos nosotros en Navidad), a nuestro edificio se le fue la luz. El parón nos duró buena parte de la tarde, pero no fue óbice para que nos desanimásemos. Al contrario, aprovechamos la coyuntura para encender unas lamparitas de aceite y así celebrar nuestro Diwali casero, modesto a la par que tradicional. Una imprudencia que no volveremos a cometer en el interior de la casa: los apenas cinco minutos de contemplación de las llamitas fueron lo suficientemente largos como para dejarnos de recuerdo un manchurrón pardusco en la pared. No hay mal que por bien no venga: así nos acordaremos de Diwali durante todo el año...

Con algo de retraso, os deseo a todos un Feliz Diwali.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Happy Hippy Hampi!

Dice un refrán inglés que si quieres un trabajo hecho, mejor se lo des a una persona ajetreada (o algo así): "if you want something doing, give it to a busy man". Mal que me pese, he de darle la razón a los ingleses.

El año pasado, me quejaba de trabajar a estajo y de no tener ni medio segundo para mí misma. Parece que estoy destinada a vivir en los extremos: este año viene a ser la antítesis del 2009. Nunca en la vida había tenido más tiempo libre que ahora, ni me había visto más improductiva. Sólo trabajo tres mañanas a la semana: eso cuando no me cancelan mis clases por algún acontecimiento extraordinario. El elenco de justificaciones para saltarse clase es infinito: un acontecimiento deportivo, una inspección general de dormitorios, una competición inter escolar y extra curricular, unos ensayos generales, el cumpleaños de alguna Deidad hindú...  En fin, cualquier excusa es buena para no pegar golpe.

Sin ir más lejos, echémosle un vistazo a mi agenda del último mes: o sea, desde mi cumpleaños hasta hoy (Dios, cómo pasa el tiempo). El 23 de septiembre di mis últimas clases, porque a partir del 24 mis alumnos estaban de exámenes parciales por dos semanas. Bueno, miento: di seis clases en las últimas tres semanas, ya que mis alumnos de bachillerato no tienen parciales hasta el 25 de octubre. Nada más terminar los parciales, todos los alumnos se fueron de excursión campestre durante cuatro días. Y nada más volver, estuvieron de vacaciones por la festividad de Dushera. Así que las clases no se reiniciaron hasta este martes, 19 de octubre. Claro que como yo sólo trabajo los lunes, jueves y viernes, todavía sigo ociosa. Mañana se me acaba el chollo y, aunque estoy deseando volver al cole, igual se me hace cuesta arriba tener que dar seis clases consecutivas. Me va a dar algo: ¡el equivalente a la carga laboral de todo un mes en un solo día! Menos mal que dentro de dos semanas vuelvo a descansar. No es broma:  las vacaciones de Diwali están a la vuelta de la esquina. Después, otras tres semanas de clases y otro "descansito": nada, un mes y medio no más, cuestión de celebrar la Noche Buena y reponerse de la Vieja.

Sarcasmos aparte, la mayor ironía es que con todo este tiempo libre que tengo entre manos, llevo un mes sin subir un post, tengo un Everest de correo pendiente y, por supuesto, la casa sin barrer. De verdad, no sé dónde se me van las horas. Ahora comprendo por qué los jubilados no tienen tiempo para nada.

Mientras mis alumnos se iban de excursión, decidí que para mí también había llegado la hora de romper con la monotonía del "non-far-niente". Con Amjad y un par de mochilas, me fui a pasar cinco días en un paraíso natural y arqueológico llamado Hampi.

Hampi se encuentra en el estado de Karnataka, a 353 kilómetros de la capital, Bangalore (se encuentra algo más cerca de Goa, por lo que la mayoría de turistas, mayoritariamente israelíes, proceden de allí). Nosotros llegamos en tren, a la estación de la ciudad vecina de Hospet, tras unas 15 horas de viaje desde Bangalore (obviamente, no era un expreso). El billete de ida y vuelta sale por unas 300 rupias en "sleeper class" (no llega a cinco euros). Desde Hospet, caminamos un kilómetro para llegar a la estación de autobuses. El bus cuesta 13 rupias y tarda media hora en dejarte en pleno centro del Hampi Bazaar.
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El bazar está a las puertas de las ruinas y ofrece muchos albergues y restaurantes. Los albergues son de lo más básicos y no están demasiado limpios. Otra desventaja de alojarse en el bazar es que tienes que convivir  con el ruido y con el fragrante estiercol de vaca. Nosotros sólo hicimos una noche en el pueblo, en la Gopi Guest House (300 rupias por una habitación doble). Al otro lado del río, se encuentran los mejores alojamientos y las mejores vistas. Recomendamos Shanti Guest House por su relajado ambiente y sus deliciosas pizzas. El pequeño restaurante al borde de los arrozales es de lo más apacible, sobre todo por la noche, cuando sólo se oyen los grillos y el murmullo del agua (eso, cuando los israelíes se callan). Los precios de las habitaciones y bungalows son negociables: la página web pone que las habitaciones cuestan 600 rupias y los bungalows, 1200. Al final, nos ofrecieron el bungalow por 800 rupias y las habitaciones por 300 (sin vistas) o 400 rupias. Nos decantamos por el término medio: es lo que tiene trabajar a tiempo parcial, que no se gana para bungalows. Pero no me pesa, porque la habitación estaba muy bien, con tumbona y todo.


El único inconveniente es que para acceder a la guest house tienes que cruzar el río y  eso sólo se puede hacer por barca (15 rupias por persona). El servicio se termina a las 18:30. Para cruzar por tierra, el puente queda a 50 kilómetros.
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Vistas desde las dos orillas

Las ruinas de Vijayanagara, la capital del antiguo imperio, son muy interesantes y se pueden visitar tranquilamente en dos días. Puedes alquilar bicicletas por 40 rupias para todo el día, o bien  contratar un rickshaw (350 rupias por media jornada). Casi todos los templos se pueden visitar gratuitamente (yo siempre hablando de la pela, ¿eh?), salvo el templo del Loto, el establo de los elefantes y el templo Vitalla. Los indios pagan 10 rupias por entrar y los extranjeros, ya sean turistas o no, pagan 25 veces más. Ojo: el templo de Vitalla no está en el mismo recinto que el del Loto y el establo de los elefantes, pero puedes visitarlos en el mismo día pagando una sola entrada: si no, te toca volver a pagar, como les pasó a dos despistados que yo me sé...
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Con esto y unas fotos, os dejo por hoy: ¡que ya va siendo hora de barrer la casa!

lunes, 20 de septiembre de 2010

¡Otro más!